
El yoga puede comenzar con algo tan concreto como mover el cuerpo, respirar y prestar atención a lo que sentimos, y la práctica puede ir mucho más allá de realizar una serie de posturas físicas.
En Sangananda entendemos el Hatha Yoga como una práctica de presencia en movimiento. El cuerpo se convierte en un espacio de exploración desde el que podemos observar patrones respiratorios durante la práctica, cómo nos relacionamos y reaccionamos ante el esfuerzo, la sencillez, la tensión, el equilibrio o la inestabilidad.
No buscamos realizar posturas perfectas ni alcanzar un determinado nivel de flexibilidad. La práctica comienza en el momento y condición en el que cada persona se encuentre, aprendiendo a escuchar el cuerpo, a movilizarlo y a relacionarnos de una forma más consciente con nuestra propia experiencia.
A medida que la atención se estabiliza, el yoga deja de ser solamente algo que practicamos de forma esporádica, y se convierte también en una forma de estar presentes en la experiencia que estamos viviendo.
Las clases se ofrecen en la Comunidad de Madrid.
Clases de Hatha yoga
Clases presenciales para particulares y grupos organizados en comunidades de vecinos en Galapagar y alrededores (Colmenarejo, Collado Villalba, Torrelodones y Hoyo de Manzanares), con una duración aproximada de entre 1 hora y 15 minutos y 1 hora y 30 minutos
Para consultar disponibilidad o solicitar información:
¿Qué entendemos por Hatha Yoga?
El Hatha Yoga utiliza fundamentalmente el cuerpo, la respiración y la atención como medios para la práctica.
Las posturas o āsanas permiten desarrollar movilidad, fuerza, estabilidad y equilibrio, pero también ofrecen algo menos visible: la posibilidad de observarnos y explorar nuestra experiencia mientras practicamos.
La postura como espacio de exploración
Por ejemplo, podemos:
- explorar nuestras capacidades y nuestros límites en una postura que requiere fuerza, reconociendo cómo nos relacionamos con el esfuerzo y hasta dónde podemos llegar en ese momento sin forzar el cuerpo;
- observar cómo reaccionan el cuerpo y la mente ante la inestabilidad de una postura de equilibrio y qué hacemos espontáneamente cuando perdemos seguridad o control;
- explorar qué sensaciones, reacciones o emociones aparecen al modificar nuestras referencias corporales habituales, como sucede en determinadas posturas invertidas;
- reconocer el esfuerzo necesario para realizar o mantener una postura y distinguirlo de la tensión innecesaria que podemos añadir, respetando la capacidad que tenemos en ese momento, sin compararla constantemente con la de otras personas, con la que tuvimos en otro momento o con la que nos gustaría tener;
- observar cómo cambia la respiración cuando aparece una dificultad y reconocer nuestra manera de reaccionar ante ella: si aumentamos innecesariamente el esfuerzo, nos tensamos, queremos abandonar, nos impacientamos o podemos permanecer presentes y adaptar la postura;
- explorar qué ocurre cuando la atención está plenamente centrada en la experiencia del momento. Al prestar atención al cuerpo y a la respiración, la rumiación mental puede pasar a un plano secundario, perder protagonismo y dejar de arrastrar nuestra atención. De esta forma, y sin que exista una intención deliberada de eliminarla, la actividad mental rumiante puede tender a aquietarse, disminuyendo con ello la tensión mental asociada a ella;
- mantener la atención en la situación que estamos viviendo, escuchando las señales del cuerpo sin convertir la práctica en una lucha contra él.
De esta manera, la postura deja de ser únicamente una posición corporal y se convierte en una situación en la que podemos explorar cómo sentimos, cómo respiramos, cómo reaccionamos y cómo nos relacionamos con nuestras propias capacidades y límites.
El cuerpo como punto de partida
Gran parte de nuestra actividad mental se desarrolla entre recuerdos de lo que ya ocurrió, anticipaciones de lo que podría suceder, preocupaciones, interpretaciones y pensamientos que nos alejan de la experiencia inmediata.
El cuerpo, en cambio, solo puede sentirse en el presente. Percibir el apoyo de los pies, notar una articulación, reconocer una zona de tensión o seguir el movimiento de la respiración nos devuelve a lo que está sucediendo aquí y ahora.
Por eso, cuando llevamos la atención al cuerpo y a sus sensaciones, dejamos momentáneamente de seguir el movimiento de la mente hacia el pasado o el futuro y recuperamos el contacto con la experiencia directa del momento presente.
De ahí que el punto de partida de la práctica de yoga se centre en aspectos concretos y directamente perceptibles en el cuerpo. A través del movimiento, las posturas y la respiración comenzamos reconociendo sensaciones, apoyos, tensiones y posibilidades de movimiento. Desde ahí podemos observar con mayor precisión la respiración, el esfuerzo, las resistencias y las reacciones mentales y emocionales que acompañan a la práctica.
La atención se va ampliando progresivamente desde lo más evidente hacia aspectos cada vez más sutiles, profundizando en la experiencia que está ocurriendo.
Una práctica que no busca forzar el cuerpo
Cada cuerpo tiene una estructura, una historia y unas circunstancias diferentes. Por eso una postura no tiene que adoptar exactamente la misma forma en todas las personas.
En las clases trabajamos con variantes y adaptaciones que permiten explorar las posturas respetando las posibilidades de cada cuerpo. La intensidad puede ser útil; el dolor o la exigencia innecesaria, no lo son y puede desembocar en una lesión.
El objetivo no es conseguir una postura determinada a cualquier precio.
Una postura más sencilla realizada con estabilidad, respiración y atención puede tener mucho más sentido dentro de la práctica que una postura aparentemente avanzada realizada desde la tensión o la desconexión.
No necesitas ser flexible para practicar yoga. La flexibilidad puede desarrollarse con la práctica, pero no constituye un requisito previo ni su finalidad principal.
Hacer una postura y habitar una postura
Existe una diferencia importante entre ejecutar una postura y permanecer conscientemente en ella.
Podemos realizar una secuencia completa mientras la mente continúa preocupada por lo que ocurrió durante el día, anticipando lo que está por venir o comparando nuestro cuerpo con el de otra persona. El cuerpo puede estar realizando las posturas mientras nuestra atención se encuentra en cualquier otro lugar.
Por eso, la práctica que proponemos intenta introducir progresivamente una cualidad de presencia consciente en la experiencia corporal y mental, habitando con claridad el momento que estamos viviendo, sin juzgar las sensaciones, emociones o pensamientos que puedan surgir durante la práctica: al entrar, permanecer y salir de una āsana, al respirar, en los espacios entre una āsana y la siguiente…
De esta forma, la atención puede acompañar a todo el proceso de la práctica, y no únicamente al momento en que el cuerpo alcanza la forma de una postura.
Del movimiento a la quietud
Movimiento y quietud no son dos prácticas separadas. El movimiento puede preparar el cuerpo y estabilizar la atención. Después, cuando permanecemos en una postura, practicamos prāṇāyāma, descansamos en Śavāsana o nos sentamos a meditar, podemos observar la experiencia con una sensibilidad diferente.
La práctica avanza así progresivamente desde el movimiento corporal hacia una atención cada vez más abierta. Al principio puede ser necesario dirigir conscientemente la atención hacia los apoyos, una determinada zona del cuerpo o la respiración. Con la práctica, esa atención puede hacerse menos dirigida y menos focalizada, hasta que ya no sea necesario buscar continuamente algo concreto que observar o sobre lo que centrarla.
Podemos simplemente permanecer presentes, con una atención abierta a lo que aparece: sensaciones, respiración, sonidos, pensamientos y emociones forman parte de una misma experiencia cambiante.
¿Cómo practicamos yoga en Sangananda?
De lo corporal a lo meditativo
Las clases integran diferentes dimensiones de la práctica de manera progresiva:
- Preparación y escucha corporal, para reconocer cómo llegamos a la práctica y comenzar a establecer la atención.
- Āsanas y secuencias de Hatha Yoga, trabajando movilidad, estabilidad, fuerza, equilibrio y conciencia corporal.
- Atención durante el movimiento, aprendiendo a reconocer sensaciones, esfuerzo, tensiones y reacciones sin perder el contacto con la experiencia.
- Quietud e integración, permitiendo que la atención cultivada durante la práctica corporal continúe cuando disminuye el movimiento. A través de la permanencia en una postura, en la práctica de Śavāsana damos espacio al cuerpo y a la mente para observar y asimilar la práctica, integrando la experiencia sin necesidad de seguir haciendo.
- Prāṇāyāma, explorando cómo la respiración actúa como un puente que conecta el cuerpo y la mente. Los prāṇāyāmas muestran la relación que existe entre respiración, cuerpo, atención y estado interno, y su práctica regular puede ayudarnos a estabilizar y hacer más sutil la atención, y preparar progresivamente el paso hacia la meditación.
- Meditación, dejando que la atención, progresivamente estabilizada a través del cuerpo, el movimiento y la respiración, pueda hacerse menos dirigida y más abierta a la experiencia que está ocurriendo, sin necesidad de mantenerla continuamente sobre un objeto concreto.
Una integración progresiva
No todos estos elementos tienen que estar presentes en todas las clases, ni se trabajan desde el principio con la misma profundidad. Se van incorporando e integrando progresivamente a medida que la práctica madura y la atención adquiere mayor estabilidad.
Al comienzo puede resultar más sencillo mantener la atención sobre aspectos concretos y fácilmente perceptibles, como los apoyos, el movimiento del cuerpo o la respiración. A medida que desarrollamos la capacidad de permanecer presentes sin dispersarnos continuamente en el pensamiento, podemos ir necesitando menos referencias concretas y abrir progresivamente la atención al conjunto de la experiencia. De esta forma, la meditación no aparece como una práctica aislada que se añade al final de la clase, sino como una profundización natural de la atención que hemos ido cultivando durante toda la práctica.
Aunque estos elementos puedan distinguirse, no los entendemos como compartimentos separados. El cuerpo nos sitúa en la experiencia presente. La respiración conecta cuerpo y mente. La atención acompaña al movimiento y a la respiración, y puede ir adquiriendo progresivamente mayor estabilidad y apertura. De este modo, la presencia consciente puede estar tanto en el movimiento como en la quietud, y la meditación profundiza esa misma capacidad de permanecer presentes ante lo que está ocurriendo.
Una práctica que puede ir profundizando
Es posible empezar yoga simplemente porque queremos movernos, ganar movilidad, sentirnos mejor físicamente o dedicar un tiempo a cuidarnos.
No es necesario buscar nada más, pero la propia práctica puede ir abriendo otras posibilidades: primero conocemos mejor las capacidades y límites del cuerpo, después nos movemos con mayor atención y reconocemos patrones respiratorios ante ciertas situaciones, comenzamos a reconocer tensiones y automatismos, descubrimos que podemos observarlos sin reaccionar inmediatamente, y poco a poco, la atención puede hacerse más sencilla y abierta.
El yoga empieza entonces en el cuerpo, pero no necesariamente termina en él. Puede convertirse en una forma de detenernos, sentir, observar y comprender directamente nuestra experiencia.
De la esterilla a la vida cotidiana
Cuando la práctica de yoga va acompañada de atención, no observamos únicamente la forma externa de una postura. También podemos reconocer, cuando aparecen, reacciones como expectativas, impaciencia, autoexigencia, comparación, deseos de llegar más lejos o de controlar lo que sucede.
Muchos de estos patrones no pertenecen únicamente a la práctica de yoga, sino que también se manifiestan en otras situaciones de nuestra vida. Si, por ejemplo, nuestra manera habitual de relacionarnos con lo que hacemos está marcada por la autoexigencia, es probable que esa misma tendencia aparezca también sobre la esterilla. La práctica puede ofrecernos así una situación concreta en la que reconocer estos patrones mientras están sucediendo.
Al verlos con mayor claridad y sin juzgarlos, puede ir apareciendo, poco a poco, una forma diferente de relacionarnos con ellos, sin reaccionar automáticamente cada vez que se presentan.
Desde esta perspectiva, el yoga puede convertirse en una práctica de autoconocimiento, porque al permanecer presentes podemos reconocer con mayor claridad cómo estamos viviendo y respondiendo a la experiencia.
La práctica no termina al finalizar la clase. Percibir cuándo estamos acumulando tensión, reconocer cuándo dejamos de respirar con naturalidad, advertir cuándo estamos forzando innecesariamente, darnos cuenta de una reacción antes de dejarnos arrastrar por ella, escuchar mejor las señales del cuerpo o permanecer realmente presentes mientras hacemos algo son capacidades que también podemos trasladar a la vida cotidiana.
Lo aprendido sobre la esterilla empieza entonces a tener sentido fuera de ella, porque la finalidad no es permanecer conscientes únicamente mientras practicamos yoga, sino permitir que esa atención pueda acompañarnos progresivamente mientras caminamos, trabajamos, hablamos con otras personas, descansamos o atravesamos situaciones difíciles.
Clases de Hatha Yoga
Las clases están planteadas para adaptarse a diferentes niveles de experiencia, de modo que cada persona pueda practicar desde sus propias posibilidades y avanzar de forma progresiva.
No es necesario tener experiencia previa, ya que la práctica comienza a partir de las condiciones y capacidades de cada momento. Si ya existe una práctica anterior, las clases permiten profundizar en las posturas, la respiración, la percepción corporal, la atención y la dimensión meditativa del yoga.
Más que buscar una forma concreta o alcanzar un determinado nivel, se trata de encontrar en cada práctica una relación equilibrada entre estabilidad, movilidad, respiración y atención, respetando el cuerpo y observando cómo cambia la experiencia a medida que se profundiza en ella.
Las clases se ofrecen en la Comunidad de Madrid.
¿Quieres practicar yoga?
Clases para particulares y grupos en comunidades de vecinos en Galapagar y alrededores (Colmenarejo, Collado Villalba, Torrelodones y Hoyo de Manzanares), con una duración aproximada de entre 1 hora y 15 minutos y 1 hora y 30 minutos
La propuesta puede adaptarse a las características de cada persona o grupo, y al espacio disponible, manteniendo el mismo enfoque de práctica progresiva, atención consciente y respeto por las posibilidades de cada persona.
Soy Raquel Encinas, creadora de Sangananda, con años de experiencia practicando e impartiendo yoga y meditación.