
Tenemos una tendencia natural a conocer y a comprender. Esa tendencia nos lleva a dirigir nuestra atención hacia el exterior y no tanto al interior de nosotros mismos. Dejamos así el área más importante de nuestra vida sin conocer en profundidad, llegando a encontrar soluciones a problemas ajenos antes que a los propios.
Pareciera que tenemos certezas sobre nuestro interior, sobre lo que nos conviene, las situaciones y personas que nos incomodan y las que tenemos que evitar a toda costa en nuestra vida… Es curioso cómo cuando comenzamos a indagar en dichas certezas, muy arraigadas y cuyo origen apenas ha sido cuestionado, es cuando nos podemos hacer conscientes de que detrás, hay una Realidad mucho más amplia y a priori desconocida. Nos dejamos así llevar por apariencias superficiales, que no siempre se corresponden con la Realidad.
La mente
Toda creencia es una idea que surge de la mente, y la mente humana es muy efectiva para hacer tareas de forma repetitiva y automática, y no tanto a la hora de adaptarse a la realidad de cada instante. Hacer tareas de forma automática es realmente útil en áreas funcionales de la vida como leer, escribir, conducir, montar en bici etc, y no tanto a la hora de relacionarnos con otras personas y con las circunstancias cambiantes de la vida.
Respecto al autoconocimiento, nos referimos a conocer la forma en la que nos relacionamos en la vida, cuáles son los anhelos que perseguimos y que nunca terminamos de alcanzar, cuáles son las situaciones a las que tememos enfrentarnos, cómo reaccionamos…

A la mente le incomoda enfrentarse a la incertidumbre de situaciones desconocidas, y prefiere mantenerse en lo conocido en el pasado. Se protege tanto de la incertidumbre de lo desconocido, que nos va encerrando en espacios cada vez más pequeños en los que, sin apenas darnos cuenta, quedamos atrapados.
En esos espacios cerrados, a veces reaccionamos de forma inconsciente ante determinadas situaciones como si de un acto reflejo se tratase. Es como si alguien nos hubiese golpeado en el tendón rotuliano de la rodilla, y la pierna se hubiera levantado sin posibilidad de hacer otra cosa diferente.
Si bien es cierto que en el caso del golpe en la rodilla es signo de que nuestros reflejos funcionan correctamente, a la hora de relacionarnos con la vida, a veces también reaccionamos de forma automática e inconsciente ante ciertas situaciones, debido a que nuestra mente repite inercias aprendidas del pasado.
Es un proceso que ocurre tan rápido, que sólo nos da tiempo a hacernos conscientes de las consecuencias, que son del tipo «otra vez lo mismo…».
Conocer en profundidad
Conocer el sí mismo en profundidad implica, en un primer momento, reconocer pensamientos recurrentes que condicionan en la actualidad nuestra forma de ser y de pensar, y todos los detalles relacionados con esos pensamientos, lo cual sólo será posible si nos mantenemos como observadores de nuestra propia mente. Sólo así podremos darnos cuenta de que hay una distancia entre los pensamientos y quien los observa, y que tenemos la opción de no dejarnos arrastrar por ellos.
Y es que, si no somos los pensamientos que surgen de la mente, sino quien los observa, el siguiente paso será conocer a quien está observando, en silencio, por encima de los ruidos formados de pensamientos. Desde esa perspectiva, en la calma y quietud de quien observa, es cuando emerge la verdadera identidad, que tanta sabiduría alberga en su interior.
Este tipo de conocimiento no se puede encontrar ni en los libros, ni en Google, porque está más allá de las palabras. Tampoco va a ser un conocimiento que llegue tan rápido como los envíos de Amazon a casa. Se trata de un conocimiento experiencial que llega meditando, centrando la atención en su origen, con práctica y paciencia, cuando menos lo esperamos.
La meditación permite observar y conocer en profundidad.
«Conócete y conocerás el universo.»
